jueves, 21 de abril de 2016

Capítulo 47: A baja temperatura

Fuera de peligro, solo pensaba en cómo denunciar a aquellos atracadores sin poner en riesgo su principal objetivo actual, arribar cuanto antes junto a su padre.
El área sin cobertura resultó más extensa de lo que había imaginado y de todas formas no le hacía ninguna gracia avisar desde el móvil facilitando sus datos a la policía con ello y viéndose forzado luego, seguramente, a asistir a declarar durante aquellos días en los que necesitaría estar concentrado en otras actividades mucho más importantes para él y su familia.
Intentó recordar la combinación que debería teclear para que su número apareciera como oculto pero no lo logró. Decidió avanzar entonces hasta el próximo pueblo, a apenas unos minutos más de viaje y desde allí se detuvo para realizar la llamada.
Suponía que no tenía mucho sentido y que ya habrían escapado holgadamente para cuando los agentes llegasen al lugar, pero era algo que sentía la responsabilidad de hacer. Aportando los datos imprescindibles y por supuesto, sin desvelar su nombre, comunicó los hechos de la forma más precisa posible, añadiendo incluso la descripción de alguno de los asaltantes.
Cumplido ese compromiso con su propia consciencia retomó el camino a casa.
A su llegada su padre mantenía todavía algo de su temperatura, pero ésta había disminuido considerablemente porque su cuerpo había cesado su capacidad de regulación térmica. Con el aire acondicionado a máxima potencia en una habitación tan pequeña como la del hospital, la temperatura ambiental se situaba por debajo de los 10 grados y había ayudado a bajar también rápidamente la de su organismo.
Esto era precisamente lo que pretendía Gabriel. Sabía que cada grado extra aceleraría la descomposición de sus neuronas y era eso lo que deseaba evitar a toda costa.
A pesar de su convencimiento de que ya su padre no sentiría nada, ni lo observaba desde ningún lugar, se acercó a él, tomó sus manos frías y le dio un beso en la mejilla, todavía húmeda. Este era un acto de autocomplacencia que quiso permitirse. No lloró, su credo lo llevaba al convencimiento de que no todo estaba perdido todavía y de que haría lo necesario para devolverlo a la vida. Esa esperanza lo llenaba de fuerza para afrontar esta triste circunstancia.
Las cosas se le habían complicado sobremanera en los últimos días. En el rescate de su hija había tenido que invertir todo el dinero que había ganado, ahorrado y hasta pedido prestado y que era con el que originalmente contaba para criogenizar el cerebro de su tutor.
Difuminada, al menos temporalmente, esa posibilidad no le quedaba forma legal de solicitar intentar conservar por él mismo el cerebro o la cabeza del fallecido o incluso su cuerpo, debía escoger entre un entierro o una cremación.
Cumpliendo con las exigencias establecidas deberían velar a su padre durante toda la noche, pero aprovechó la falta de regulación al respecto para cubrir toda su cabeza con cubitos de hielo que debían continuar manteniendo toda esa zona protegida de los efectos devastadores del calor.
Una vez todo controlado se acercó a la casa a comunicar la dolorosa noticia a sus hijas, a compartir un rato la tristeza con ellas, pero también a consolarlas y transmitirle su confianza en que algún día lo volverían a ver, ya no en un cielo imaginario, sino aquí, en la vida, en alguna forma todavía no concreta, pero donde su conciencia le permitiese volver a contemplarlas, a disfrutar de ellas y a tener tiempo para conocerlas de verdad.
Aprovechó también para descansar algunas horas. Tenía muchas cosas en las que pensar, pero su mente se desconectó inmediatamente, probablemente por el cansancio y la tensión acumulada.
En la mañana solicitó el entierro en un cementerio que se encontraba en una zona alta de la montaña. Tan solo unos pocas decenas de metros más arriba de aquella localización ya se podía encontrar nieve perennemente, pero Gabriel sabía que la nieve era también una enemiga que tendría que evitar.
El cuerpo de un adulto está formado en casi un 65% por agua que al congelarse se convierte en hielo con la extraña propiedad de expandirse y por tanto romper todo lo que haya pretendido contenerlo, como las propias células.
En aquel camposanto la temperatura bajo tierra era cercana a cero, pero no llegaría a la congelación. Era la mejor solución que había podido encontrar de momento, pero sabía que no podría dejarlo allí por mucho tiempo a expensas de bajadas o subidas imprevistas de un clima por naturaleza cambiante.
El sepelio fue muy sencillo, pero emotivo. Apenas asistieron su suegro, algún médico y enfermeros del hospital y unos pocos de sus compañeros del instituto.
El cura del pueblo, aunque no lo conocía, cumplió la función que le tenían asignada y Gabriel escuchó con respeto sus palabras, conmovedoras y reconciliadoras, sin duda, pero que a él solo le confirmaban que el hombre, incapaz de aceptar su desaparición definitiva, había creado desde el inicio de los tiempos creencias en seres superiores, llamados dioses, que siempre tenían la capacidad de ofrecer una extensión extra corporal de la conciencia y el conocimiento que nos había costado toda una vida obtener y que aquella creencia, convertida en religión, había calado tan intensamente en ellos que finalmente cumplía con creces la función para la que se había creado, otorgarles tranquilidad y la capacidad de buscar la felicidad olvidándose de esa gran verdad inevitable, que finalmente morirían.
Agradeció la presencia de todos y dejó allí, protegido por la tierra que lo rodeaba y el ambiente seco y frío, a su querido padre.
Con un hasta luego, más que un adiós, le dedicó durante unos minutos un repaso de su vida junto a él. Por momentos, incluso sonrió, pero finalmente, algunas lágrimas terminaron brotando también de sus ojos.
Convencido de que el tiempo transcurría constante en su contra verificó su móvil. Aún había un punto que cambiaba de posición en su aplicación de seguimiento.
Aquel maldito, que tanto daño le había hecho y que tenía el dinero que necesitaba para poner a salvo definitivamente a su padre, todavía conservaba su coche.
Sin apenas tiempo más que para dar un beso a sus dos hijas luego de regresar a la casa, volvió a montarse en la moto para ir en su búsqueda.

Capítulo 46: En moto

No por ser esperada la noticia resultaba menos triste. Acababa de morir la única persona que lo había querido durante su infancia, la que, sin obligación ninguna, se había hecho cargo de su educación, de inculcarle valores humanos más allá de los que se pueden aprender en una escuela, de enseñarle habilidades que le permitieran sobrevivir en prácticamente cualquier circunstancia, de entrenar su mente a analizar las situaciones desde todos los puntos de vista y encontrar luego la mejor solución, la más satisfactoria para él mismo y para los suyos.
Hacía años ya, producto de su estado de coma, que Gabriel no podía disfrutar de sus consejos o simplemente intercambiar ideas con él, salvo en aquel breve espacio de tiempo en que logró que recobrara la consciencia y que le sirvió para poco más que conocer a sus nietas y éstas a él, pero que le había valido a su hijo para recargar sus esperanzas de devolverlo en algún momento, por un lado a la vida y por otro al estado de consciencia que lo caracterizaba como un humano absolutamente increíble.
Por desgracia no le era ajena la muerte. Perder a su esposa en el nacimiento de sus hijas había sido un golpe muy duro, demoledor. A ella la sabía desaparecida para siempre, pero con su padre había mantenido la ilusión de criogenizar su cerebro para revivirlo una vez que la ciencia avanzase lo suficiente como para que fuese posible invertir el proceso que había sucedido en sus neuronas. Estaba convencido de que esto sería posible siempre que su grado de degradación no se transformara en irreversible.
En la época actual era práctica común congelar espermatozoides u óvulos para ser utilizados años más tarde. Esas células dormidas renacían luego conservando su capacidad de procrear y todo aquello en el estado todavía arcaico de una ciencia que ni siquiera era capaz de conocer exactamente cómo funciona el cuerpo humano en su totalidad. ¿Cuánto no podría alcanzarse en un futuro con computadoras interconectadas, unidas a la inteligencia compartida de millones de científicos en todo el mundo?
Sabía que el momento en que los humanos dejarían de morir por causas naturales estaba a unos pocos años y aquel en que fuesen capaces de revivir a cerebros bien conservados no debería tardar tampoco mucho más.
Con ese fin, de conservar el cerebro de su tutor, había reunido aquel dinero que ahora le había arrebatado ese malnacido con el que estaba a punto de arreglar cuentas.
Efectivamente, la solución parecía ser esa: ir tras el maldito hombre, esperar el instante oportuno, atacarlo por sorpresa, recuperar el dinero que ahora le urgía más que nunca y asegurarse de que jamás le volvería a hacer ningún daño a él o a nadie de su familia.
Lo tenía ahí en el móvil, le aparecía parpadeante a unos pocos kilómetros de su emplazamiento actual como diciendo: “ven a buscarme, te estoy esperando, aquí tengo tu dinero”.
Pero Gabriel sabía que eso no sería tan fácil, requeriría días estudiarlo todo bien, esperar con paciencia un descuido de su parte, asegurarse de que los riesgos serían mínimos y entonces actuar.
Ese tiempo, que había pensado dedicarle a esta nueva tarea que la vida le había impuesto, no lo tenía ahora.
La “inoportuna” muerte de su padre lo obligaba a regresar cuanto antes. Cada minuto que pasara sin la conservación adecuada haría bastante más complicada su recuperación posterior.
Si tuviese el dinero sería tan sencillo como avisar a la empresa correspondiente para que de forma urgente se trasladaran hasta su localización e inmediatamente empezasen con el proceso de preservación, incluso ya en el vehículo en que lo trasladarían hasta la institución final donde criogenizarían su cerebro, pero eso ya no era una opción.
“Muchas gracias, querido suegro. Ocúpese, por favor, de que lo mantengan en el hospital unas horas más. Suba el aire acondicionado en la habitación al máximo posible. Yo salgo ahora mismo para allá”
El camino de regreso a casa en moto, a pesar de ir a la máxima velocidad permitida por la ley, a veces, y por la propia moto o la carretera, en otras, le pareció extremadamente largo.
Pasaba esquivando los coches, mucho más lentos y atascados con frecuencia por esa común conjunción de exceso de vehículos en horas punta, carreteras deficientemente diseñadas e incapacidad de los conductores para mantener un orden que les permitiese fluir adecuadamente.
En uno de los tramos finales, cuando ya había abandonado la autovía y se desplazaba por una sencilla carretera de doble vía pudo visualizar desde relativamente lejos cómo unos atracadores, apertrechados con armas largas, habían detenido a unos cuantos coches, los registraban y solo después de despojarlos de todas sus pertenencias los dejaban seguir.
Acercándose lentamente un poco más pudo comprobar que, al parecer, para dar ejemplo de su crueldad, habían tiroteado a un hombre que yacía en medio de la calle y que los autos se veían obligados a bordear, una vez liberados, para evitar pasarle por encima.
Gabriel analizó sus alternativas.
La primera era comportarse como todos, esperar su cola y rogar luego por la compresión de los atracadores de que, no teniendo nada de valor encima, lo dejasen continuar viaje sin problemas. Eso se le antojaba demasiada suerte. Hasta que llegara ese momento, por otra parte, tendría que esperar entre 20 minutos y media hora.
También podría llamar a la policía, pero cuando, sin todavía estar convencido de que eso fuese una buena idea, comprobó su móvil, se dio cuenta de que no había conexión ninguna en esa zona. Al parecer los ladrones también lo sabían y la habían escogido especialmente por esa razón y por lo apartada de la misma.
Barajó la posibilidad de dar la vuelta. Era probablemente lo más seguro, aunque esto no evitaría que le dispararan, además de que encontrar un camino alternativo le costaría varias valiosas horas.
Con todas estas opciones descartadas y sin conocer todavía la solución exacta, se fue acercando lentamente, lo más sigilosamente que pudo, por el borde derecho de la carretera, agachado y cubierto por los propios coches que formaban la cola hasta prácticamente la altura del lugar donde obligaban a los ocupantes a abandonar los vehículos para registrarlos y “recolectar” sus pertenencias.
Fue aquí donde uno de los atracadores, percatándose de que la velocidad a la que se acercaba permitía intuir que no tenía intenciones claras de detenerse, le dio el alto apuntándole con la escopeta.
Gabriel, armado con poco más que un casco, el chaleco antibalas que se había dejado puesto como protección por si tenía algún accidente y la propia moto sólo atinó a acelerar desarrollando toda la potencia que la moto le permitía, pasándole por el lado y lanzando de un golpe, que no logró evitar, al asaltante.
Para cuando el resto de los miembros de la banda pudieron darse cuenta y comenzar a dispararle, ya él se encontraba a una distancia apreciable.
Notar las balas pasar tan cerca revolvía su estómago, contraía su vejiga y encogía su cuerpo entero, pero sabía que ninguna de esas, que alcanzaba a escuchar, le haría ya ningún daño.
Sin que la caída del compañero hubiese resultado nada significativo, los atracadores dieron prioridad al botín que todavía les quedaba por colectar que a perseguirlo.
Por su mente, ya bastante más relajada después del susto, volvieron a pasar las escenas de cuando unos años atrás dos hombres, uno de ellos el que luego le había secuestrado a su hija y que había dejado a su tutor en coma, los habían intentado atracar a él y a su padre.
La inseguridad en aquel país no hacía más que aumentar y su pensamiento fue para su compañero de suerte de entonces.
Quizás ahora muerto sería capaz de escucharlo. “Ya voy, papá”

Capítulo 45: Resurgiendo

Los primeros rayos del sol de la mañana llegaron a través de las hojas de los árboles hasta los cerrados ojos de Gabriel. El calor, el exceso de luz y probablemente la húmeda y cálida lengua del perro callejero que lamía la sangre que le brotaba de su agujereada oreja lo despertaron.
Encontrarse como primera imagen con aquella boca babeante y dentada tan cerca de su cara lo asustó y lo hizo ponerse en pie de un salto.
El can se asustó seguramente más que él mismo porque salió a toda carrera de su lado como un animal al que la vida le había enseñado ya muchas veces que de los humanos es mejor huir.
Aturdido todavía por lo extraño de la situación comenzó a recordar. El intenso dolor en sus costillas y el pitido constante en sus oídos, sobre todo en aquel del que le brotaba la sangre, trajeron a su mente los sucesos de la noche anterior.
El chaleco de kevlar que llevaba bajo su ropa había jugado el papel previsto al detener los dos balazos. A su vez las bolsas rellenas de sangre de dos de los pollos de su granja, que había sacrificado el día anterior, habían explotado por los impactos y al parecer habían logrado engañar a su perseguidor.
Lo habían vuelto a ayudar las lecciones de su tutor mientras lo enseñaba a cazar cuando todavía era un adolescente y colocando trampas por el bosque en lugares estratégicos siempre recibían alguna presa de premio.
“Hay que utilizar cualquier tiempo previo para prepararse lo mejor posible ante un enfrentamiento con tu oponente”.
Él se refería a las trampas y a los animales a cazar, pero en este caso Gabriel lo había utilizado contra el secuestrador. Aquella tarde previa a encontrarse con él se había ocupado de adelantarse a los futuros acontecimientos.
Decidió no llevar armas porque si se la encontraba podría desatar en él una reacción violenta al sentirse amenazado y comenzar a disparar en presencia de su hija pudiendo resultar ésta lastimada.
Por otro lado, portar un chaleco antibalas era un acto puramente defensivo y aun siendo descubierto no tendría por qué alterar más al secuestrador. Valoró que lo peor que podría suceder era que lo obligara a quitársela y esto era igual que si no las hubiese llevado desde el principio, así que no sobraba.
Una vez claro ese primer punto analizó que si no lo descubrían podrían también pasar desapercibidas unas bolsas con sangre. El chaleco le cubría el pecho y la espalda, pero la posibilidad de que el asesino intentara rematarlo no era baja, de modo que se le ocurrió que si éste veía sangre brotando de su cuerpo se daría por satisfecho y no se acercaría entonces a darle un tiro de gracia en la cabeza, donde no tendría ninguna protección.
Este escenario, el de recibir los disparos, que al final había sucedido, era el peor posible que había imaginado. Su idea era distraerlo, guarecerse en la cabaña y pedirle que se fuese con el dinero que ya tenía, lo cual hizo desde dentro de la misma, pero también había previsto tener que escapar por la ventana si no lograba convencerlo y huir en la oscuridad por un terreno que conocía haciendo zigzags para evitar las balas, escapando con un salto por aquel pequeño barranco en el fondo del que ahora se encontraba.
Había valorado también a que su amigo le dejase un arma dentro de aquella antigua cabaña, pero sabía que mencionarle ese punto podría hacer que se negase a ayudarlo en todo su plan o que avisase a la policía o quién sabía que otra reacción no deseada y no tenía tiempo, ni más alternativas él como para poner en peligro su plan.
Lo que había salido mal, aunque no era descartable, fue que uno de los proyectiles le atravesara una oreja, lo hiciese perder el equilibrio y luego el sentido tras la caída con lo cual no había sido consciente de nada de lo que había sucedido luego, ni siquiera de aquellos dos plomos que recogía ahora incrustados en su chaleco.
Después de comprobar que el dolor era soportable, diagnosticando que ninguna de sus costillas había llegado a romperse, se dirigió al punto cercano a la cabaña en que había acordado con su amigo que dejaría escondida una moto.
Comprobar que su antiguo compañero había cumplido al pie de la letra todas sus instrucciones no le sorprendió, pero le hizo valorar todavía más profundamente lo que la amistad y la eficiencia pueden llegar a engendrar cuando se unen en situaciones extremas. Le estaba muy agradecido y esperaba poder compensárselo en algún momento futuro, por lo menos con un gran abrazo.
Dentro de uno de los compartimientos de la moto estaba el celular que le había pedido. En cuanto lo encendió se conectó a la aplicación de seguimiento que le había encargado instalar.
Introduciendo el número del móvil que había escondido dentro del coche en que se habían trasladado hasta allí y que había conectado a su parte eléctrica para que no perdiera la carga, pudo comprobar la posición actual del mismo además de todo el recorrido que había realizado.
Claramente el malhechor, crecido en su autoconfianza, sintiendo que ya nadie lo perseguía razonó que lo más inteligente y cómodo era continuar trasladándose en el auto que le habían “regalado” y que se había demostrado libre de sospechas después de atravesar sin problemas la frontera.
La próxima tarea de Gabriel sería entonces seguirlo hasta allí y estudiar su oportunidad, como lo haría un buen cazador, para deshacerse de él de alguna forma y recuperar su dinero.
Comprobado que lo tenía localizado su segundo pensamiento fue para su hija. Después del trauma sufrido debería estar muy nerviosa y pensó en llamarla, también para tranquilizar a su suegro y comunicarle que todo había salido bien.
Marcó el número que había tenido que memorizar el día anterior porque a pesar de llamarlo con frecuencia lo hacía siempre directamente desde la agenda.
Su suegro se alegró de oír su voz, lo cual le demostró con un sentido suspiro y después de dejarlo hablar con su hija un rato, permitiéndole comprobar por sí mismo que la felicidad de volver a casa superaba en ella cualquier recuerdo negativo de su experiencia reciente, retomó el aparato para comunicarle:
“Gabriel, siento ser el portador de esta noticia, pero acaban de llamar del hospital. Tu padre ha fallecido hace unos minutos.”

Capítulo 44: Desenlace

Al acercarse a la frontera y sin detener el auto, su acompañante se pasó a la parte posterior del coche y se escondió, siguiendo indicaciones de Gabriel, debajo de una manta negra en el suelo, en el espacio anterior a los asientos traseros. Desde allí podía presionar con el cañón de su revólver, por debajo del asiento del conductor, intentando asegurarse con ello de que Gabriel no se olvidara en ningún momento de la situación delicada en que se encontraba y por tanto no le pasase por su mente intentar traicionarlo o garantizándole, que en caso contrario, moriría en el intento.
El coche se acercó lentamente, respetando las limitaciones de velocidad establecidas, hasta la barrera donde un adormecido guardia le solicitó, sin siquiera levantarse de su ventanilla, el pasaporte que consultó con su base de datos sin encontrar nada que pudiese hacerlo destacar como sospechoso.
“¿Motivo del viaje?”
“Soy científico, tengo una conferencia mañana a primera hora en la capital”
Aquello sonaba sofisticado, pero sobre todo muy aburrido. La computadora confirmó de nuevo la información sobre su instituto y un cuño selló el pase que elevó la barrera, ese último obstáculo que lo separaba solo unos cuantos kilómetros de su destino, aquel en que se libraría de su secuestrador con algo de suerte, pensaba.
“Buen viaje, doctor”
Para aquel hombre cualquiera con estudios era doctor, probablemente porque a él mismo le hubiese gustado estudiar para médico si su capacidad se lo hubiese permitido.
Gabriel aceleró después de despedirse con un seco “Gracias”. Esperaba otra vez que no hubiese sido un error no llamar la atención de aquel agente, pero seguía confiando en que las cosas le saldrían bien si tenía fe en sí mismo.
La luna llena de aquella noche le ayudó a divisar más fácilmente la silueta de la cabaña abandonada a la que se dirigía y donde su amigo le habría llevado el resto del dinero.
Ni siquiera se le había ocurrido contarle la razón de ese favor que le había pedido. Conocía muy bien sus límites y sabía que no se prestaría a nada donde oliese que su vida pudiese correr peligro.
Acercarse al final de esta aventura lo irritaba sobremanera, principalmente porque era una situación que no controlaba completamente y la incertidumbre era una circunstancia de la que siempre había intentado alejarse lo máximo posible.
Se bajó él primero y su captor lo siguió sin dejar de apuntarle ni un instante.
Se dirigieron hacia la cabaña iluminada por las luces del coche. Esta luz alcanzó para encontrar la piedra convenida, debajo de la cual estaba la llave que permitió abrir aquella chirriante puerta que en el silencio, casi sepulcral, de la noche, sonó aterrador.
Detrás de ella estaba el maletín. Muy despacio, como le indicaba aquel desalmado que había cambiado su rostro de incredulidad para dejar aflorar su avaricia, se acercó, lo levantó, lo trajo delante de él, introdujo la combinación y le mostró los billetes, todos reales y muchos, tantos que quiso tocarlos.
Gabriel estuvo calculando todo el tiempo sus movimientos, sus reacciones, sus despistes y este era el que tenía estudiado previamente.
Empujó el maletín con todos los billetes hacia su cara lo que le otorgó unos instantes de distracción para entrar él en la casa y cerrar la puerta por dentro. En lo que el desconcertado malhechor logró echarla abajo él había escapado por una ventanilla trasera, algo que también descubrió relativamente pronto el mismo y que le permitió perseguirlo a relativamente poca distancia y dispararle cuatro veces hasta conseguir con el último proyectil atravesarle una de sus orejas, algo que lo desequilibró e hizo caer por una especie de barranco por el que pretendía escapar.
Al llegar al borde pudo divisar a Gabriel tumbado en el suelo unos metros más abajo. Desde allí le disparó las dos últimas balas que le quedaban contra su espalda y vio, o quiso intuir con el brillo en que se reflejaba la poca luz de la luna, emanar de ella la sangre que certificaba su muerte y con ello la conclusión satisfactoria de su venganza.
Regresó a recoger todos los billetes que pudo recuperar y partió de allí en el coche en que habían llegado. Por fin estaba libre y el hecho de haberse quitado de encima a aquel que había dado muerte hacia años a su compañero de fechorías, lo reconfortaba especialmente.
El cabrón había cumplido su promesa, el muy tonto. Por lo menos ya no tendría que ocuparse más de su familia y de aquella chiquilla rebelde que le había dejado una muesca en su oreja de por vida. En ese momento su impulso fue matarla, pero había valido la pena intercambiarla por todo ese dinero, 100.000 dólares.
Se alejó de allí buscando algún buen hotel con casino donde descansar primero y poder jugar y pagarse unas buenas mujeres luego.

Capítulo 43: Conduciendo

A Gabriel le encantaba conducir. Contrariamente a la mayoría de la gente, lo relajaba. Tenía sus propias teorías sobre la seguridad. Estas se basaban en reglas muy sencillas.
La principal era mirar siempre para adelante. Le daba lo mismo lo que pasara por detrás o por su lado, siempre que no se fuese a cambiar de carril. Esto le permitía concentrarse en lo que venía por delante de él que era hacia donde él avanzaba. Esta despreocupación de sus vecinos de viaje se basaba en el hecho de que estos viajaban a una velocidad muy parecida a la suya y algún choque accidental tendría consecuencias menores a diferencia de alguno frontal que tenía mayor probabilidad de producirse si él tenía que dividir su atención entre tantos aspectos de la vía.
Luego venía la relativa a la velocidad y a la distancia de seguridad a dejar desde el coche anterior. Decía algo así como que la velocidad debe ser proporcional a la visibilidad. Esto implicaba que en curvas o cambios de rasante, por las noches o con niebla, por ejemplo, su velocidad debía disminuir a punto de que él pudiese frenar a tiempo, independientemente de lo que ocurriese delante de él. Por otro lado, cuando la visibilidad era buena podía acelerar hasta donde el auto y la carretera lo permitieran.
En esta ocasión, sin embargo lo estaba pasando muy mal. La situación extrema que acababa de vivir había disparado sus nervios y todavía temblaba. Sus decisiones al volante eran dudosas y temió por momentos que algún agente de tráfico lo fuese a notar y los detuviese poniéndolo todavía más en peligro de lo que ya estaba por llevar a un acompañante que le apuntaba constantemente con su revolver.
Si algo lo reconfortaba era el hecho de que su niña ya estaba a salvo. Las cosas no habían salido exactamente como él lo había planificado, pero la suerte los había acompañado y todos habían salido ilesos de aquel dilema, al menos de momento.
Ahora se encontraba cumpliendo la segunda parte de un trato que inventó como única solución que encontró para convencer al captor de su hija, aquel desalmado en el que tendría que confiar que lo dejaría ir una vez que recibiese la otra mitad del dinero. No tenía ninguna certeza de que esto fuese a suceder realmente, pero al menos había logrado que esa incertidumbre se trasladara a su persona, asegurando con ello la vida de su pequeña.
La monotonía del viaje le daba tiempo para pensar en todo lo sucedido. Recordaba el rostro asustado de su niña, pero también que estaba magullada. Parecía como golpeada.
También se había fijado en que el secuestrador, ahora a su diestra, había perdido la venda que llevaba en su oreja izquierda, justo dónde él le había pegado para intentar desarmarlo.
Al principio con la confusión no se había dado cuenta, pero ahora de reojo primero y moviendo un poco luego el espejo retrovisor central del coche, había logrado visualizar con más precisión la herida que éste tenía en el lóbulo y que le había vuelto a sangrar un poco tras el golpe que él mismo le había propinado antes. Pudo constatar que le faltaba un pedazo y que tenía forma circular.
Contradiciendo sus propias teorías comenzó a cambiar su vista constantemente entre la vía y el retrovisor y llegó a visualizar incluso las irregularidades del borde de ese arco. Era una mordida, una mordida del tamaño de una boca pequeña, como la de su hija.
Reconocer esta circunstancia aceleró de nuevo su corazón al máximo, como lo había tenido solo hacía unos momentos antes cuando estaba en plena lucha por darle tiempo a su niña para que escapara.
Solo había una posible explicación, su hija lo había mordido y las magulladuras que había visto en la cara de la pequeña seguro serían golpes propinados por él en represalia y no producto de la caída que habría sufrido justo antes de ser raptada, como él había pensado inicialmente.
Pero, ¿Cómo había pasado aquello? ¿Cómo había llegado ella tan cerca de su cara como para morderlo?
Se imaginó entonces lo peor. Él seguramente habría tratado de abusar de ella y ésta, con el carácter rebelde heredado de su madre y demostrado ya en muchas ocasiones en las peleas con su hermana, se habría resistido a punto de arrancarle un pedazo de su oreja en cuanto tuvo la oportunidad.
La duda la invadía. ¿Habría logrado su asqueroso propósito el maldito? En realidad le daba lo mismo, solo con haberlo intentado ya se merecía morir de la peor forma.
Su mente se disparó en variantes. Enfrentarse a un hombre armado no era muy lógico. Él tenía todas las de perder y en este caso lo que perdería sería su vida. Se imaginaba luchando con un perro, aunque lograse matarlo no valía la pena arriesgar su vida por la de un perro.
Desarmarlo no sería sencillo. Él estaba conduciendo mientras que su oponente podía concentrarse en hacerle daño si fuese necesario. Un frenazo brusco no ayudaría mucho tampoco. Ambos llevaban puestos sus correspondientes cinturones de seguridad y estos impedirían un impacto contra el parabrisas.
Pensó entonces en estrellase de frente contra algún árbol o poste, justo por la parte derecha del coche, donde se sentaba él. Esto lo mataría probablemente, pero no había garantía de que este hecho fuese instantáneo como para no darle tiempo a dispararle, por un lado y tampoco había seguridad alguna de que él mismo no resultase gravemente herido en ese trance.
También sopesó preguntarle directamente sobre lo sucedido con su niña, pero tenía muy poca vocación masoquista y no iba a permitir que aquel desgraciado le describiese lo que había hecho o intentado hacer con su hija.
No le quedaba más remedio que continuar su viaje. Tendría que seguir confiando en el plan que había trazado previamente y guardar su cólera lo más profundamente posible para dejarla aflorar luego, solo cuando las circunstancias estuviesen de nuevo a su favor.
Como ya había caído la tarde y las carreteras no tenían más iluminación que la que aportaban los propios autos había tenido que disminuir la velocidad. Al igual que en muchas ocasiones buscó a un guía, como él les llamaba, alguien que fuese delante de él abriendo camino y él solo tuviese que dedicarse a seguir los dos punticos rojos de sus luces traseras.
Esperó a que uno de los coches que iban más rápido que él le pasará para comenzar a perseguirlo. Esto le permitiría llegar cuanto antes a la frontera y hacer cambiar entonces las tornas que le impedían actuar ahora.
Este guía era perfecto, avanzaba veloz, como si fuese de día, pero sin rebasar la velocidad permitida. No quería en ningún caso dar pie a que la policía pudiese detenerlos, ahora ya no porque él pudiese ponerse en peligro, sino porque no quería que atraparan a su acompañante, quería ocuparse él mismo de asegurarse de que recibiría el destino que merecía.




Capítulo 42: El intercambio.

Gabriel se había propuesto llegar a la cita antes que el secuestrador y por eso había salido bien temprano. Iba en su propio coche y su suegro lo seguía en el suyo.
Le sorprendió, por tanto que ya estuvieran allí, el captor con su hija.
La reconoció enseguida, aun a distancia. Tenía magulladuras en la cara y una mordaza le cubría la boca, pero era ella. Él la sujetaba por uno de sus brazos, atados a la espalda, lo suficientemente fuerte como para que no se le ocurriese intentar escapar, aun así, en cuanto vio bajar a su padre intentó correr hacia él, pero un tirón la retornó a su posición inicial.
En su otra mano blandía un revolver, advirtiéndole a su padre que él llevaba la voz cantante en aquella negociación. Su único punto de flaqueza podría identificarse en una de sus orejas que cubría con una venda manchada claramente de sangre seca.
También lo había reconocido a él. Estaba bastante envejecido, más de los que una vida normal hubiese añadido a su rostro. Ahora la maldad se podía visualizar en él con tan solo mirarlo fijamente por unos segundos.
Gabriel llevaba un maletín en su mano y caminó decidido hacia ellos. Entendía perfectamente lo peligroso de la situación y no pretendía aumentar su riesgo bajo ninguna circunstancia. De este modo tampoco quiso provocar a su hija. Solo la miró, le dedicó una sonrisa y le guiñó un ojo, transmitiéndole confianza.
Ella reconoció esa señal, común en él cuando quería gastarles alguna broma a ella y a su hermana, pero ella lo descubría antes de que pudiera llevarla a cabo. Entonces sabía que debía permanecer callada y esperar la reacción de su gemela. Todo aquello era garantía de que terminarían riéndose. En esta ocasión se conformaba con regresar con ellos cuanto antes.
A apenas unos pasos de distancia le ordenaron que se detuviera y abriera el maletín.
Antes de hacerlo Gabriel le explicó que dentro encontraría solamente cinco fajos de 5.000 dólares cada uno. Los otros 25.000 convenidos en esta primera entrega los tendría su suegro en su auto. Continúo argumentándole que ahora lo tendría a él como rehén aparte de los primeros 25 mil y que podría dejar marchar a la niña hasta el coche del suegro, que se había quedado a suficiente distancia para ser visible, pero poder escapar si fuese necesario y que una vez que ella se hubiese montado su abuelo dejaría el segundo maletín, que mostraba por la ventanilla en ese momento, con los próximos 25 mil y partiría con ella a salvo.
Aquel hombre furioso por sentirse manipulado y cegado por el poder que imponía con su arma se adelantó hasta él arrastrando a la niña consigo y le puso el revolver en la sien, obligándolo a bajar su cabeza.
“¿Quién te crees que eres, mierdecilla? ¿Crees que puedes hacer lo que te da la gana? ¿Todavía no has entendido quién manda aquí? ¿Qué me impide matarlos aquí mismo a ti y a tu hija e irme con estos 25 mil?”
“Nada”, le dijo Gabriel, “pero, los dos sabemos que eres más inteligente que eso. Yo estoy cumpliendo con mi parte y seguiré respetándola cuando mi hija se haya ido. Tú vas a tener tu dinero, tanto esta primera parte íntegramente en apenas unos minutos como los otros 50 mil cuando ya estés libre fuera de este país. Me tendrás siempre como rehén y una vez a salvo mi hija mi objetivo será, evidentemente, salir yo con vida, así que tendrás que confiar en mí como yo lo estoy haciendo contigo”
Sintiéndose burlado su ira le reclamaba un castigo y éste se materializaría en un golpe en su cabeza. Con esa intención alzó su brazo derecho disminuyendo inconscientemente la presión sobre su mano izquierda, permitiendo con ello que la chica se soltase, que sintiéndose libre, se abalanzó sobre su padre.
Éste la empujó alejándola de él.
“Corre amor, corre”
Ella lo obedeció y comenzó su carrera hacia su abuelo que contemplando la escena se dispuso a salir del coche.
El brazo, empuñado el arma, comenzó su movimiento de descenso y pasó con el máximo impulso por delante de la cara de Gabriel que retiró su cabeza justo a tiempo para evitar el golpe. Su próximo movimiento fue levantarse y saltar sobre su agresor, golpeándolo en la oreja dañada, tumbándolo al suelo y otorgándole tiempo a su hija para que pudiese acercarse a su objetivo donde su abuelo se había adelantado abriéndole la puerta trasera.
Mientras Gabriel luchaba por desarmar a su oponente la niña logró entrar al coche. Su suegro titubeó por unos instantes entre huir o ayudarlo a él, pero éste, contemplándolo desde el suelo le gritó: “Huya con la niña, deje el dinero.”
A regañadientes su suegro cumplió sus órdenes. Comprendió que poner a salvo a la pequeña era la prioridad en aquel momento y alejarla de allí también aumentaría las probabilidades de su yerno.
Aceleró al máximo dejando las huellas marcadas sobre el asfalto. Antes de alejarse del todo lanzó el maletín por la ventanilla.
Desde su posición, tumbado de espalda con su agresor encima, los vio marcharse y al comprender que aquel hombre mantenía su arma y le podría disparar en cualquier momento Gabriel intentó detenerlo.
Aunque tenía alguna posibilidad todavía de vencer en aquella lucha se encontraba en condiciones desiguales y desfavorables, circunstancias en las que había aprendido de su padre que era mejor pactar una paz y plantear una retirada hasta poder contraatacar, o intentar la fuga como en su caso, en otro momento donde las condiciones fuesen mejores.
“Calma, de acuerdo, ahí está tu dinero, solo tenemos que ir por él y marcharnos de aquí. Nada más quería impedir que mi hija saliera dañada, nuestro pacto sigue en pie.”
Esto no lo salvó de un buen puñetazo en su cara que rompió su boca y lo hizo sangrar. Esa misma sangre sirvió para dar por satisfecho momentáneamente al criminal que lo obligó a gritos a levantarse, a subirse en el coche, arrancarlo, parar a recoger el segundo maletín y partir por el camino hacia la frontera apuntándole todo el tiempo al estómago con su revolver.
Abrió los maletines, contó el dinero y al comprobar que estaba todo le dijo:
“Te has salvado por ahora. Tu vida depende de que cumplas el resto del trato. Espero que ya se hayan acabado las sorpresas porque la próxima vez que intentes algo no seré tan comprensivo y te juro que el resto del dinero no me va a impedir matarte como a un perro.”


domingo, 27 de marzo de 2016

Capítulo 41: La llamada

Durante la breve conversación Gabriel se había mantenido concentrado. Analizaba inconscientemente cada palabra de aquel hombre que parecía haber sido engendrado para fastidiarle la vida.
Intentaba encontrar en cada una de sus frases la clave para descifrarlo, para aumentar sus posibilidades de recuperar a su hija sana y salva. Ese era su único objetivo. No le importaba el dinero que le pidiera, si lo tenía se lo daría y si no lo buscaría, pero entendía que una vez entregado no había garantía ninguna de que se la devolviera.
Fue por eso que se le ocurrió ofrecerle más del que le pedía, concretamente el doble. Pretendía que la ambición del hombre primara sobre su posible deseo de venganza. Se expondría él mismo a cambio de la liberación de su niña. Había intuido su necesidad de huir y ofrecerse para ayudarlo en ese aspecto, esencial para él, también le pareció que podía inclinar la balanza en su favor.
Todo le resultaba razonable mientras se lo contaba por teléfono, pero nada más colgar comenzó a temblar. El miedo a que el orgullo fuera capaz de cegar a su captor y al final su pequeña saliese lastimada se lo comía por dentro y su cuerpo reaccionaba acelerando su corazón que hiperoxigenaba a sus músculos que al no encontrar actividad compensatoria terminaban en esos movimientos involuntarios que no podía controlar.
Tuvo que disimular su nerviosismo delante de los pocos asistentes al velorio de la abuela que en cualquier caso entendían su estado de ánimo como parte del triste suceso que los había llevado a reunirse allí.
Cada minuto de espera lo abrumaba hasta la desesperación. Muchas veces pensó en llamar él mismo de vuelta y retractarse, arriesgarse pagando aunque no tuviese seguridad, pensó por momentos que no se perdonaría a sí mismo si perdía a su amada gemela de aquella forma, por tratar de imponerse ante un desalmado que la tenía bajo su poder sin que él pudiese evitarlo de ninguna manera.
También era perenne la idea de que cometía un error al no involucrar a la policía. A pesar de que sus experiencias con ellos habían sido siempre negativas, evidentemente tendrían mecanismos estudiados para este tipo de situaciones, pero la posibilidad de que el secuestrador se enterase de alguna forma lo hacía desistir cada vez de esa posible solución.
El móvil no sonaba y él comprobaba constantemente la batería, la cobertura, verificaba que el volumen estuviese alto, aunque molestase por un momento a los asistentes, que no le hubiese llegado algún mensaje que no hubiera visto. Todo estaba correcto. No había noticias.
¡Aguanta! ¡Aguanta!, se repetía, pero finalmente sus dedos lo traicionaron y comenzaron automáticamente a buscar la última llamada y cargaron el número en pantalla sin que su parte más racional pudiese evitarlo. Justo antes de presionar el botón verde de llamada se detuvo un instante que pretendió atender a una última reflexión de cordura, pero que lo único que logró fue hacer más lento el movimiento del pulgar hacia el camino de la rendición.
Justo en el momento en que su dedo tocaba la tecla para comunicar escuchó que el móvil comenzaba a sonar y a vibrar al mismo tiempo. Era él. Cerró los ojos y suspiró profundamente. Una mezcla de alivio y tensión la invadió. Llenó sus pulmones de aire y antes del segundo tono descolgó.
“De acuerdo, mierdecilla, lo haremos a tu manera. No creo que seas tan estúpido como para intentar engañarme. Traes mañana al atardecer bajo el puente viejo los primeros 50.000, suelto a la niña y tú te encargas de que yo pase la frontera y luego me das los otros 50.000. Si solo me huelo cualquier variación de esto me cargo primero a tu hija y luego a ti mismo y ya me encargaré más tarde de tu otra gemela.”
Sin esperar su confirmación, colgó.
Gabriel había escuchado callado, sin emitir sonido alguno, ni siquiera el de su respiración. Las palabras que oía eran las que esperaba, era una primera victoria, quería entender que las probabilidades de rescatar a su pequeña habían aumentado marcadamente con esa llamada.
Había podido notar la avaricia del captor, con ella había contado todo el tiempo. Tenía confianza en que al ver la primera parte acordada solo pensara en doblar esa cantidad y liberara a su niña.
Ahora tocaba organizarse. Tenía buena parte del dinero, pero no todo. Tendría que llamar a un amigo en el país vecino que había estudiado con él para que le llevara hasta un lugar convenido un dinero que le pasaría él urgentemente al día siguiente por la mañana desde el banco porque una cantidad tan grande no podía transferirse por Internet.
De los 100.000 dólares prometidos tenía 85.000.
Los primeros 80.000 los obtuvo del pago de su anuncio publicitario que había guardado íntegramente para la conservación de su tutor y los otros 5.000 los había logrado ahorrar desde que había empezado a trabajar. Le faltaban 15.000 dólares.
La solución no podía ser otra que pedírselo a su suegro. Esta cantidad no debería ser un problema para él y estaba seguro que lo haría por recuperar a su nieta a la que amaba inmensamente también, sobre todo veía en ellas dos la representación y el recuerdo de su única y ya desaparecida hija.
Tendría que contar con él además para el intercambio. Sería el encargado de recoger y poner a salvo a la niña, una vez liberada, mientras Gabriel partiría con su ya demasiado conocido malhechor a cumplir la segunda parte de su promesa.
Dos breves y emotivas llamadas más tarde le bastaron para confirmar que tanto su suegro como su amigo no le fallarían tampoco en esta ocasión.
Con todo más o menos organizado intentó descansar un poco en uno de los incómodos sillones de aquella última sala de acogida en esta tierra a la señora que tanto bien les había hecho y a la que le estaba pudiendo dedicar una despedida muy sobria. Estaba seguro de que ella lo hubiese entendido porque amaba a aquellas pequeñas como si fuese nietas propias.
Un desayuno mínimo le dio fuerzas para acompañar el cadáver de la abuela hasta el cementerio y tras una sencilla ceremonia partió inmediatamente hacia el banco.
No sin reticencias por parte de los encargados del mismo, nunca demasiado contentos cuando un cliente decide retirar de una vez todo su depósito, logró que realizaran la transferencia a su amigo y le devolvieran el resto en efectivo.
También confirmó que su suegro tenía lista su parte.
Le quedaban unas horas hasta la acordada así que decidió prepararse bien para cualquier cosa que pudiese salir mal.